Hay una frase que me acompaña y que uso cada vez que una conversación se tiñe de juicios sobre lo que debería hacernos felices:
“Pienso que cada cual debería tener la posibilidad de elegir lo que crea o sienta que, al final del día, lo hace feliz”.
Y digo elegir, porque la felicidad no es un lugar fijo ni un manual de instrucciones. Es más bien una suma inconstante de pequeños instantes en los que el corazón se siente liviano: un beso, un regalo inesperado, un abrazo que te afloja los hombros, una decisión que te da paz o un paisaje que te despierta “eso” que no se puede explicar pero que te acomoda el alma.
Me gusta pensarlo como un abanico de posibilidades que cada uno pinta a su manera. El tuyo tal vez sea blanco, el de ella lleno de flores, y el mío violeta. Porque lo posible y lo feliz no usan la misma lente para vos que para mí. Y está bien.
Quizá a vos te haga feliz resolver una ecuación perfecta, y a mí que el viento me despeine. Quizá a vos te llene el alma una casa que puedas llenar de plantas, y a mí —durante años— una casa con alas. Quizá a vos te guste echar raíces, y a mí me fascine el vuelo, el cambio, lo inesperado. La incertidumbre puede angustiarte, mientras a mí me corre por las venas como la adrenalina curiosa que me recuerda que estoy viva.
Y sin embargo, incluso eso cambia.
Durante años, mi felicidad fue literalmente una casa con ruedas.
Vivíamos en un motorhome: mi marido y mis dos peques. Un hogar nómade que me regalaba esa descarga dulce de dopamina cada vez que cambiábamos de horizonte. No lo digo metafóricamente: lo sentía en el cuerpo, como una chispa de placer, de emoción, de “estamos creando nuestra vida”.
Hoy, ya no vivo arriba de una casa con ruedas. Hoy me bajé de la vida nómade… al menos de la vida nómade literal. Porque sigo siendo nómade mental: flexible, adaptable, curiosa. Entendí que la flexibilidad también es flexible, y se adapta a nuevas formas de ir siendo.
Lo que ayer me daba felicidad en forma de movimiento, hoy me lo da en forma de calma.
Lo que antes buscaba en el camino, ahora lo encuentro en mis propios procesos.
La felicidad cambia porque vos cambiás.
La neurociencia también lo dice (pero a su manera)
La ciencia explica -sin tanta poesía-lo que vos y yo sentimos.
La felicidad no es una emoción fija, es un baile químico que cambia con la vida.
La dopamina nos celebra cada logro, cada descubrimiento, cada sorpresa. Por eso el viaje, lo nuevo, lo diferente pueden sentirse tan potentes.
La serotonina, en cambio, regula el bienestar más estable, esa sensación de equilibrio que aparece cuando encontramos un ritmo propio, un lugar interno donde descansar.
La oxitocina, la hormona del vínculo, nos recuerda que somos humanos: que la felicidad también habita en un abrazo, en una complicidad, en una familia que tal vez no se parece a la tradicional, pero que es tuya, auténtica, posible.
Lo hermoso —y lo desafiante— es que nuestros circuitos cambian con lo que vivimos.
Lo que antes desbordaba dopamina, hoy tal vez despierte calma.
Lo que antes necesitabas para sentirte feliz, hoy quizás ya no te hace falta.
No es inestabilidad: es crecimiento. Es evolución neuronal, emocional y vital
Y hoy, sigo creyendo en lo mismo.
Que cada cual tiene derecho a elegir su propia felicidad.
Que cambia, que se desplaza, que se reinventa con vos.
Que tus neurotransmisores y tu alma hacen equipo para mostrarte por dónde.
Que no existe una sola forma de vivir, ni de ser feliz, ni de sentirse en casa.
Y que, al final del día, lo verdaderamente importante no es qué te hace feliz…
sino que tengas la libertad —y el coraje— de seguir tu propio abanico.
Aunque cambie de color.
Aunque cambie de forma.
Aunque cambie de cielo.